Mi despertador inteligente falló esta mañana y no atinó con el momento adecuado para levantarme, así que todo salió torcido el resto del día. Quizá tenga algo que ver el hecho de que yo no fijara correctamente la muñequera con los sensores que le permiten al aparato calcular qué momento de mi ciclo de sueño será el más propicio para sacarme de la cama.
Tenía una resaca tremenda. Había bebido algo de más la noche anterior, pero es que me había dejado el chip alcoholímetro en casa, encima del piano, y uno ya no está acostumbrado. Pensé que el mareo, el ver doble y las ganas de vomitar, eran culpa de algo que había comido. Hace años que no me emborracho, eso es algo que ya sólo hacen los que no se pueden permitir un chip alcoholimetro-inhibidor.
No es que lo hiciese adrede, siempre me pongo el alcoholímetro cuando voy a salir. Impide que te pasen esas cosas pues va midiendo el nivel del alcohol que ingieres y cuando calcula que es suficiente para tu peso y otras variables, envía un señal eléctrica al cerebro que elimina las ganas de seguir bebiendo. Pero aquel día algo pasó mientras anotaba el recordatorio en la agenda y se ve que no lo entendió.
Bueno, se le suele llamar "anotar", que es un término arcaico para referirse a la agenda. Más bien es una especie de nota mental. Requiere un poco de entrenamiento, pero gracias a los transceptores neurodigitales es posible enviar mensajes directamente del cerebro a un dispositivo que los digitaliza. Con esto puedes controlar tu ordenador individual, introducir datos, hacer consultas en Internet o controlar los demás dispositivos personales. El "ordin", que es como lo solemos llamar, puede comunicarse contigo de muy diversas maneras, aunque una de las más habituales son las gafas de realidad aumentada, pero en aquel momento no conseguía encontrarlas y la cabeza me dolía tanto...
Gracias al penoso estado en que había regresado a casa la noche pasada había olvidado rellenar la cafetera, así que tenía como desayuno un delicioso vaso de agua hirviendo ligeramente turbia con un olor que recordaba levemente al del café. Sí, la cafetera se activa automáticamente con el despertador, como puedes suponer.
Así que tuve que ponerme a preparar la cafetera, pero aún no había encontrado las gafas de realidad aumentada que te van indicando todos los pasos que tienes que dar para hacer cualquier cosa. Te dicen dónde tienes guardado el café (yo tuve que buscar en no sé cuántos armarios hasta que lo encontré, el ordin lo localiza gracias a un chip que lleva el paquete) o te indican qué botones tocar o qué palancas accionar en los aparatos, superponiendo las indicaciones a la imagen que estás contemplando. A duras penas logré poner el café en la máquina, pero algo hice mal pues comenzó a salir una pasta espesa y burbujeante que no tenía lo que se dice buen aspecto.
Sin mis gafas no soy nadie, pensé. Me planteé por enésima vez la conveniencia de cambiar las gafas por unas lentillas. Son mucho más caras, pero no te las tienes que quitar en semanas. Por supuesto, no tengo suficiente pasta como para hacerme un implante infovisual, pero eso son palabras mayores. Es una capa de tejido nanotecnológico que se superpone a la retina, con la cual el ordin envía sus señales directamente al nervio óptico. No te contaré detalles del proceso de implantación, pero tiene algo que ver con cirujanos que desmontan y vuelven a montar tus ojos.
Retomo el hilo: después de un rato de investigación descubrí que las malditas gafas se habían caído debajo de la cama. Me las pusé y allí estaba el temido mensaje.
Era de Amanda, mi jefa. Una chica competente, con clase, un mal genio capaz de cuajarte la sangre con una mirada, y un vocabulario que avergonzaría a los conductores de basureros eléctricos. Les ahorraré la lista de insultos que me dirigía para recordarme que llevaba retraso con mi reportaje y la calidad abyecta de lo que le había enviado hasta ahora. Me convocaba a una reunión presencial al mediodía y confiaba en que durante ella no tuviese que retorcerme las pelotas para conseguir sacar lo mejor de mí. Qué mujer tan comprensiva y delicada.
Había otros diez o quince mensajes de compañeros y compañeras de la juerga de la noche anterior, aunque no recordaba con exactitud si habían estado conmigo o no. No sé por qué todos citaban de modo jocoso mi estado de embriaguez y decenas de anécdotas que había protagonizado, de las cuales yo juraría que no había sido partícipe. En especial, me preocupaba haber vomitado en el casco de un agente de policía o haberle hecho proposiciones de matrimonio a mi imagen en un espejo.
Con las gafas era otra cosa, por lo menos podría saber cómo me encontraba. El ordin podía realizar diversos análisis de parámetros clínicos y aconsejarme algunos remedios para mis síntomas. Así que me recetó un café cargado, tres aspirinas, un zumo de naranja y vaciar mi vejiga, cosa que no había hecho todavía. Por suerte, no consideró conveniente pedir una cita en el servicio médico.
Arreglar el desaguisado de la cafetera me llevó un rato, ya que la sustancia con la que la había rellenado no era precisamente café. Lo primero, fue buscar en Internet alguna guía para que mi ordin me fuese indicando los pasos, pues no tenía ninguna para semejante situación (la pasta espesa se había comenzado a solidificar en algunas zonas). Por lo menos, ahora podía encontrar las cosas que necesitaba.
Desayuné, me aseé y me vestí con la ropa que había seleccionado mi armario para mí. Mientras hacía todo esto iba trabajando mentalmente en mi reportaje. Amanda me había encargado investigar sobre una extraña secta de involucionistas que pretendía vivir casi sin tecnología. Se negaban a utilizar ordins, gafas de realidad aumentada y todos los sensores y microchips de radiofrecuencia que tan comunes se habían vuelto y que habían hecho nuestra vida más cómoda.
A principios del siglo XXI se comenzaron a utilizar pequeños sensores capaces de enviar señales de radio. Podías ponerte un sensor en las zapatillas de correr y éste iba contando tus pasos y enviando los datos a un ordenador. Luego se complicó, cuando se inventaron las zapatillas multisensor que eran capaces de analizar tu pisada e indicarte cómo corregirla. Vinieron los despertadores inteligentes y luego toda clase de sensores corporales que podían comunicarle tu estado al ordenador y éste indicarte qué medidas tomar.
Los ingenieros no tardaron en relacionar esa información con todo tipo de dispositivos, de modo que se coordinaban todos sin necesidad de que tuvieses que pensar. El despertador activa la cafetera y el ordenador de la cocina prepara el menú del desayuno basándose en un análisis de sangre instantáneo en el que comprueba tus necesidades de nutrientes y la previsión de actividades de tu agenda. El armario inteligente te selecciona la ropa teniendo en cuenta la información meteorológica, tus compromisos profesionales y sociales del día y el historial de uso para no repetirte demasiado pronto. Incluso es capaz de recomendarte qué comprar para cada temporada. Yo tengo desactivado el sistema que hace pedidos automáticamente a la tienda desde que supe que a un conocido le encargó 200 pantalones de color fucsia. Todavía está tratando de devolverlos y de reprogramar su armario.
En resumidas cuentas, hay sensores y microdispositivos para toda clase de necesidades. Yo debo tener como 60 o quizá más. Y eso no es mucho. Algunos se pueden fijar permanentemente al cuerpo, a través de implantes subcutáneos indoloros. Otros se llevan como si fuesen adornos. Otros se fijan mediante muñequeras o tobilleras. Hay una enorme variedad y cada día aparecen modelos nuevos.
Los chalados de la secta querían acabar con eso. Hasta no hacía mucho eran bastante discretos, sin embargo, recientemente habían anunciado que iban a dejar de implantar en los niños algunos de los chips obligatorios. Sí, hay algunos dispositivos que se habían convertido en obligatorios desde hacía unos pocos años. Permiten identificarse oficialmente, registrar algunos parámetros de salud básicos, y otras funciones. Esa negativa a la implantación obligatorio había llamado la atención y Amanda me encargó investigar el tema, tratar de tomar contacto con aquella banda de tarados y escribir un reportaje para la agencia de noticias que me pagaba.
El reportaje no había comenzado muy bien. Localizar a alguien que pasaba de tener al día sus dispositivos de identificación podía ser bastante complicado. Los métodos habituales no me dieron muchos resultados. Alguna noticia suelta sobre los actos, por otra parte bastante discretos, que estos gilipuertas convocaban para exponer sus reivindicaciones. Ningún nombre o dirección por las que empezar a orientarme.
Decidí acercarme a la agencia dando un paseo, tenía tiempo y el día estaba agradable. El ordin me había sugerido esa opción entre otras diversas, como tomar el metro. Al salir de casa la puerta se bloqueó automáticamente. Sólo se podría abrir apoyando mi mano sobre ella, que me identificaría con una variedad de pruebas, incluyendo las típicas huellas dactilares, análisis genético instantáneo y lectura del iris. El sensor de proximidad del ascensor lo activó para llegar a mi piso sin tener que llamarlo, aunque tuve que esperar un poco.
Tenía programado el ordin para que al salir de casa se pusiese en marcha mi reproductor musical, con una selección adecuada a mi paso, climatología y estado de ánimo, deducido a partir de varias señales fisiológicas clave. Estaba preocupado por la reunión con Amanda, por lo que el sistema eligió una serie de temas musicales que me pusieron aún más nervioso. Opté por desconectarlo y traté de entretenerme observando a la gente.
Había muchísimas personas con las gafas y era de suponer que quienes no las llevaban usaban lentillas o incluso implantes. Era muy raro encontrarte con la mirada de alguien. Estaba seguro que la mayoría iban abstraídos leyendo noticias, vídeos, trabajando en sus asuntos, revisando el correo y un largo etcétera de actividades, mientras se dirigían a sus casas o a sus ocupaciones.
No había mucho riesgo de choques o accidentes. Uno de los paquetes de sensores más populares del mercado incluía precisamente unos módulos capaces de detectar obstáculos y enviar señales al sistema motor del cerebro para evitarlos con antelación. Es una especie de piloto automático que te guía sin que te des cuenta. Creo que no conozco a nadie que lo desactive, salvo en algunas ferias, donde es muy popular una atracción en cuyo interior, convenientemente acolchado, se inhibe el sistema, así que caminas por allí chocando con todo el mundo y partiéndote de risa.
En esto pensaba cuando llegué al edificio en el que se encontraban las oficinas de la agencia. Era un pequeño rascacielos, cuya mayor parte estaba ocupado por los servidores y sistemas de comunicaciones. El espacio de oficinas era en comparación reducido. A pesar de que podríamos trabajar a través de la red e incluso mantener reuniones en videoconferencias multibanda, lo cierto es que había un consenso general de que era bueno tener de vez en cuando contacto real con los jefes y colegas. Amanda, mi jefa, era una convencida de la comunicación directa, quizá porque sabía que podía intimidar más a sus subordinados en persona que por medios telemáticos.
Según entraba por la puerta, me llegó el mensaje: "te espero en la sala 22". Estaba situada en el segundo piso, así que decidí subir las escaleras, para hacerla esperar un poco. Llegué ante la puerta de la sala, que se abrió al detectar mi presencia e identificarme.
– Vamos a ver, imbécil, ¿cómo es posible que vayas tan retrasado con el reportaje de los involucionistas? , me espetó cariñosamente nada más entrar.
– Yo también me alegro de verte.– dije mientras me sentaba. –Se llaman a sí mismos rehumanistas, y no voy retrasado. Sólo que no hay forma de encontrar datos concretos sobre ellos.
– Por mí como si se llaman gilipollinos, Pero, ¿qué clase de periodista eres tú, Charlie Owen? ¿Cómo que no hay forma de encontrar datos? – bramó con un tono especialmente cabreado.
– Lo que he dicho: he buscado en archivos, registros y en todo tipo de almacén de datos, pero unos tipos que se niegan a utilizar la mayor parte de sensores, registradores y módulos de identificación, son difíciles de rastrear.
Amanda me miró con el ceño fruncido como si estuviese tratando de decidir si yo merecía un tiro en la nuca o una lenta agonía y luego dijo con una voz falsamente dulce y calmada:
– O sea que has estado estos días buscando datos en la red sobre esta gente… ¿y no has encontrado nada?
– Exactamente. Respondí yo satisfecho, al ver que mi jefa se hacía cargo de las dificultades insalvables de mi trabajo.
Pero entonces estalló:
– ¿Quieres decir que no se te ha ocurrido salir a preguntar en los sitios donde esos tarados se han congregado y han organizado sus conferencias, pedazo de zopenco? ¿Me estás diciendo que el señorito no quiere gastarse las suelas de los zapatos pateando la calle y buscando informantes? Pero tú, ¿eres periodista o sólo te lo crees, jodido inepto? Quita el culo de esa silla y si en veinticuatro horas no me traes el nombre del jefe de esa secta o lo que sea, no te molestes en venir ni por el finiquito.
Y salió de la sala dando un portazo.
Yo me quedé allí sentado, pensando: "Joder, salir a la calle a preguntar, ¿qué mosca le había picado a esta mujer?"
El acceso a la información a través de los ordins y sus múltiples conexiones a las redes de datos había convertido el hecho de preguntar directamente información en una especie de tabú, o como poco, en un gesto de mal gusto. Muchos periodistas nos movíamos con cierta soltura, y bordeando la ilegalidad, en el uso de herramientas criptográficas para curiosear en registros protegidos, o disponíamos de contactos que podían ensuciarse las manos en esas tareas cuando fuese necesario, de forma discreta y sin dejar huellas (las nuestras, al menos).
Pero la información directa. ¡Ah! Eso era algo distinto. Cuando conocías a una persona inmediatamente podías activar la descarga de un completísimo perfil en cuestión de milisegundos. Y podías estar seguro de que ella haría lo mismo. Si visitabas una empresa u organización, o si acudías a una entrevista de trabajo, el intercambio de datos se producía con la misma celeridad. Uno no tenía que pregonar por ahí donde había estudiado, o qué puestos había desempañado laboralmente. Simplemente se sabía, lo que ahorraba malentendidos, pero restringía un poco las conversaciones en los compromisos sociales.
En mi trabajo he tenido que realizar muchas entrevistas y en todas ellas cuentas con una gran cantidad de documentación que la audiencia también va a tener, lo que te permite dirigirte a los temas importantes y te da la oportunidad de lucirte.
Sin embargo, no me quedó más remedio que darle la razón a Amanda. Por más que lo intentaba apenas tenía información sobre aquel grupo, secta o lo que fuera. El único dato concreto con el que contaba era que hacía unos días habían celebrado una conferencia en un local de la calle 35 oeste, que no contaba con registros de uso publicados en la red. Sólo me quedaba la opción de encaminarme allí y tratar de hablar con el encargado para que me facilitase el nombre de la persona que había alquilado y usado el local. Esperaba que no me echase a patadas de allí.
Sorprendentemente no me echó. En realidad, fue muy atento y amable, me proporcionó varios nombres de las personas que habían contratado su local y sus datos de contacto. Se trataba de un hombre de unos 60 años, de aspecto vigoroso, pero de modales suaves y delicados. El local, que era de su propiedad, albergaba una tienda de objetos antiguos, entre los que destacaban unas impolutas estanterías llenas de libros de papel, una reliquia que había dejado de utilizarse hacía más de 70 años. Pasé los ojos por los lomos de aquellos volúmenes y pude ver unos cuantos títulos que había leído electrónicamente. Cogí uno de ellos, lo abrí y comencé a leer algunas palabras familiares. Fue una sensación extraña. El texto era el mismo, pero la materialidad de las palabras impresas en papel me provocó sentimientos que no acertaba a definir, pero que me resultaban familiares. Tocar las hojas, acariciarlas con los dedos y sentir el peso del libro... A mi cabeza acudieron imágenes de comidas preparadas sin la ayuda de robots, paseos por el campo de la mano de la abuela que me hacía tocar todo cuando objeto o ser nos encontrábamos, la sensación gozosa se mojarte bajo la lluvia en primavera...
– Ha sentido algo, ¿verdad? – Me preguntó suavemente mi anfitrión. No podría definirlo de otra manera, su forma de tratarte te hacía sentir como un invitado, más que como un cliente o un reportero en busca de información.
Además de la tienda, disponía de una sala amplia, arreglada como sala de conferencias en la que celebraba, de vez en cuando, charlas, cursos, exhibiciones de películas y otros actos. Conocía a los Rehumanistas y se sentía orgulloso de formar parte de su grupo.
Antes de despedirse, mi dijo:
– Por cierto, le felicito.
– ¿A mí? ¿Por qué?
– Quedan pocos periodistas, por no decir ninguno, que todavía busquen la información hablando con las personas adecuadas. Le felicito por su profesionalidad.
– Oh. Esto..., gracias. – Respondí algo avergonzado.– No es nada, cumplo con mi deber. Que tenga un buen día.
Creo que Amanda se hubiera partido de risa de haber contemplado la escena.
Finalmente. Tenía un nombre y una dirección, y un montón de dudas en la cabeza.
El nombre era Martín Landsky. La dirección era la de un barrio acomodado cerca del Parque Norte, que se caracterizaba por sus viviendas unifamiliares, con unos jardines bastante respetables y relativamente aisladas unas de otras. Un sitio para pasar desapercibido, pero para vivir bien.
Sorprendentemente había forma de contactar con el señor Landsky para concertar una cita. Me costó un poquito porque se trataba de un sistema bastante anticuado y me sorprendió saber que todavía funcionaba: el teléfono.
Bueno, aún se le llamaba porque es igual al teléfono antiguo en casi todo, pero ya no funciona sobre un sistema propio, sino por la red común. Por si no lo conoces te diré que es como la videoconferencia, pero sin imagen. No puedes ver a la otra persona, pero puedes hablar. Resulta un poco confuso al principio, porque nunca sabes cuando es el momento adecuado para intervenir. Afortunadamente el tal Landsky dominaba el ritual y aunque yo me atropellaba un poco, conseguimos fijar una hora para visitarlo esa misma tarde.
Llegué a su casa unos minutos antes de la hora acordada, pero estaba completamente desconcertado. Normalmente, el ordin te va proporcionando los datos necesarios para saber a qué atenerte y se pone en comunicación con los sistemas de la casa para identificarte, pedir que se te abra la puerta, etc. En esta ocasión, nada de nada. El sistema de guiado me dejó ante la puerta y se quedó en un silencio total.
Estuve como dos minutos observando la puerta hasta que me percaté de la existencia de un dispositivo en uno de sus lados. Recordaba vagamente lo que era un timbre, que apenas se usaba desde hacía unos 50 años. Tenía noticias de que había casas que aún los conservaban, pero nunca había visto ninguno. Accioné el pulsador y escuché un sonido a lo lejos. Al rato, se abrió la puerta y apareció tras ella un sujeto alto, de pelo gris, y aspecto joven:
– El señor Owen, supongo, es usted puntual. Sea bienvenido a mi casa.
– Gracias. Entiendo que es usted Martín Landsky
– Efectivamente, mucho gusto. Pase, tomaremos algo mientras charlamos.
Mi pantalla de datos seguía en blanco. Ninguna información, antecedentes, estudios, profesión, ¡nada! Era la primera vez en muchos años que no contaba con datos sobre una persona que acabase de conocer. No sabía como comportarme. No había ninguna indicación en mis pantallas, excepto las alertas que confirmaban un nerviosismo que ya sentía.
Landsky me invitó a sentarme en un sillón, en una sala luminosa, con muebles cómodos y aspecto acogedor. No me sorprendió ver libros en las estanterías, pero sí un ordin conectado a una pantalla de escritorio. Trajo una bandeja hasta la mesa, con una cafetera, tazas y un plato con pastas.
– ¿Un café? –me ofreció. – Lo preparo a la antigua. También estas pastas. No es por presumir, pero están buenísimas.
– ¿Hace su café y su comida? – pregunté con curiosidad sincera.
– Bueno, el café sí. Las pastas, a veces. Pero, por lo general, en casa nos gusta cocinar sin ordenadores.
– Vaya, pues está muy bueno el café.
Era cierto. Aquél café no se podía comparar de ningún modo al que preparaban las máquinas. El que hacían ellas era tan perfecto que resultaba insatisfactorio. Sé que suena contradictorio, pero a la cocina hecha por ordenador, pese a la calidad de los ingredientes y a la precisión en su elaboración, le faltaba algo. "Nutre pero no alimenta", o algo así. Los sistemas de análisis te garantizaban que las materias primas eran perfectas, en su justo punto para el consumo. Los algoritmos de cocina te entregaban el plato en la condición perfecta para comer. El resultado estaba bueno, pero tenía un regusto amargo.
El café y las pastas que me ofreció Landsky eran otro mundo. Algunas galletas estaban un poco tostadas de más, a otras les faltaba un poco de horneado, unas eran un poco más gruesas y otras más crujientes. Cada bocado era una experiencia nueva. El café estaba un poquito dulce de más, pero reconfortaba. Me sentía como quien descubre por primera vez un sabor o un aroma. Por un momento me olvidé de dónde estaba y qué había venido a hacer allí.
De pronto me dí cuenta de que Landsky me miraba con curiosidad y una sonrisa afable:
– Me alegro de que le guste mi café, pero supongo que no ha venido a que charlemos sobre sus virtudes, ¿me equivoco?
– Tiene razón, –contesté. Usted es el líder de un grupo que se hace llamar "Rehumanista", me gustaría que me contase cuáles son sus fines y objetivos, para escribir un reportaje para mi agencia de noticias. Tengo entendido que ustedes se oponen al uso de la tecnología.
– No simplifique, señor Owen. No nos oponemos al uso de la tecnología. Se lo explicaré en detalle, si lo desea. Efectivamente, soy el presidente de la Asociación Rehumanista. Nos llamamos así porque queremos conseguir que el ser humano vuelva a ser consciente de lo que significa, precisamente, ser humano.
– Me gustaría que me lo cuente. Sin embargo, no sé nada de usted. Mi ordin no ha conseguido recabar información sobre su historial. La verdad es que me siento un poco perdido e incómodo. No sé cuál es su trabajo actual, si es que tiene, por ejemplo. O si ha estudiado en alguna Universidad.
– ¿Ve? – su cara se iluminó – Esa es una de las razones por las que pusimos en marcha nuestro movimiento social. Para localizarme tuvo que hablar con Ronald, el anticuario, que regenta el local donde nos reunimos habitualmente, ¿verdad?
– Sí, así fue.
– No hay ninguna información de carácter público sobre mí a la que usted no pueda acceder, sólo que no está disponible en las redes de datos. Pero si hubiese investigado un poco más, lo encontraría. La mayoría de los periodistas actuales no se hubiese molestado en acudir a la tienda de antigüedades a preguntar sobre nuestra reunión. Con mi nombre hubiese podido acudir a la oficina del Ministerio de Trabajo, en el cual es posible consultar un fichero en el que consta mi vida laboral, que he autorizado a consultar, pero no a publicar.
– ¿Es posible hacer eso? – Me sorprendí.
– Efectivamente. Afortunadamente están todavía en vigor disposiciones legales que permiten a cada ciudadano o ciudadana a restringir la distribución de la información que le concierne. Nosotros nos oponemos a algunas medidas legislativas que pretenden dificultar ese control, aunque hay que reconocer que la mayoría de personas no se molesta y los datos de todo el mundo circulan por ahí. Por ejemplo: los suyos, señor Owen.
– Es cierto. Pero ha de reconocer que para muchos asuntos resulta realmente cómodo.
– No lo negaré, pero el punto al que quiero llegar es que nos estamos volviendo inútiles.
– ¿Inútiles? ¿Quiénes? ¿Por qué? ¿Qué quiere decir?
– Usted mismo lo ha dicho. Se siente incómodo sin que su ordin no le haya proporcionado mis antecedentes ni mi currículum, pero usted podría simplemente preguntarmelo o haber investigado por otros medios. En otras palabras, estamos confiando tanto en las máquinas que no nos molestamos en hacer las cosas por nosotros mismos, y eso incluye pensar.
Y continuó.
– ¿Cuántos sensores corporales lleva usted? ¿Cuándo y qué come? ¿Qué ropa se pone? La mayoría de personas ha dejado esa multitud de pequeñas decisiones en manos de algoritmos y programas de ordenador que determinan lo que es adecuado en cada momento. ¿Cuándo fue la última vez que miró por la ventana para ver qué tiempo hace? Es cierto, que la vida se ha hecho muy cómoda, pero ¿sabe cuál es el coste?
– ¿Coste?
– Sí, un gran coste. La autonomía, el control sobre nuestras propias vidas, la dignidad, nuestra humanidad.
Me quedé pensativo un rato. El tipo tenía un punto de razón. Yo lo había vivido esta mañana con mis problemas para levantarme y hacerme un café para empezar el día. Una tontería, pero yo no tenía ni idea del contenido de los armarios de mi casa. De eso se encargan los ordenadores y cuando necesito algo, les pregunto dónde está, y gracias a las gafas de realidad aumentada, me guían. Entonces caí en la cuenta de que ya no me molestaba en tratar de recordar dónde estaban las cosas, o los pasos para llevar a cabo alguna tarea sencilla.
Landsky me dejó reflexionar un poco y continuó:
– Verá señor Owen, usted como periodista tiene un trabajo con un importante componente creativo. Es cierto que los datos los obtiene de una forma cómoda y rápida, pero finalmente usted tiene que pensar cómo organizarlos y cómo exponerlos para que los demás nos podamos formar una idea de las noticias que relata. Quizá por eso todavía pueda ser sensible a lo que le estoy diciendo y entenderme. En nuestro grupo llevamos tiempo dándonos cuenta de esto y estamos tratando de volver a tomar el control de nuestras vidas.
No resulta fácil, – siguió– algunos hemos vuelto a cocinar nosotros mismos nuestras comidas. También hemos restringido la distribución de nuestros datos. Nos reunimos presencialmente con frecuencia para charlar, paseamos por el campo, desactivamos los sensores neurodigitales que no son esenciales… intentamos hacer cosas por nosotros mismos y tomar decisiones sin contar con los ordenadores.
– Parece un proceso agotador – repuse.
– Lo es. Se lo aseguro. Cada mañana empieza con una serie de pequeñas decisiones que hay que tomar: cómo me voy a vestir, qué voy a comer en el desayuno, qué tareas tengo para hoy… Al principio era extenuante. Pero te sientes vivo, responsable. Los primeros días puedes llegar a quedarte paralizado con una camisa en cada mano, intentando descifrar las razones por las que una es más adecuada que otras.
– Yo siempre me pongo lo que mi armario selecciona, y no suele equivocarse.
– Y yo lo hacía antes. Como otras muchas cosas. Pero un día hubo un problema. Uno de los ordenadores de mi casa falló y descubrí que era incapaz de hacer montones de cosas por mí mismo. Estuve un día sin comer, apretando botones en la cocina robot para ver si salía algo. No conseguí trabajar. Por la noche, estaba muy fastidiado y deprimido. Quise tomar una ducha caliente y no hubo forma, el grifo se abrió con agua fría a todo caudal.
– Vaya. Lo siento.
– Para mí fue una revelación. Tras la impresión inicial, algo me hizo quedarme bajo el agua y empecé a percibirla de una manera nueva. Fue como si pudiese notar cada gota golpeando mi piel. En condiciones normales, la propia ducha hubiese activado un programa de agua caliente, con sustancias relajantes que me habría dejado listo para tener un buen descanso por la noche. El agua helada parecía una lluvia de agujas, pero notaba cómo la sangre circulaba por mi cuerpo, los músculos se ponían tensos y mi cabeza se despejaba como nunca la había notado. Me sentía capaz de todo.
– ¿Con una ducha fría empezó todo? – Yo ya estaba fascinado por la historia.
– Quizá. La ducha fue el detonador. Es posible que la idea estuviese dormida en mi cabeza. No lo sé. Al día siguiente comencé a investigar. Me propuse aprender todos los procesos de mi casa para poder realizarlos yo mismo. Con el tiempo, conocí a otras personas que habían decidido hacer algo parecido. Entre ellas Ronald, que me presentó a mi esposa, y que me propuso reunirnos en su tienda. Poco a poco, hemos ido construyendo nuestra asociación y progresado en el control de nuestra vida. Hemos aprendido a vivir bastante desconectados y no nos va mal.
Pasé varias horas en compañía de Landsky, que parecía encantado de contarme sus progresos y mostrarme cómo había ido resolviendo con su familia las dificultades de abandonar aparatos, sensores y programas, para desempeñar las tareas cotidianas. Incluso me enseñó a hacer café, aunque el mío no salió tan bueno.
Eso sí, la sensación de orgullo que me invadió cuando lo vertí en la taza y el placer de probarlo fue indescriptible, incomparable, inenarrable.
Regresé a casa, con un termo de Mi Café bajo el brazo y un montón de ideas en la cabeza. Mientras iba en el Metro, me fui fijando en las personas que viajaban conmigo. Me quité las gafas de realidad aumentada para poder verlas sin la intermediación del ordin. Cada una iba sumida en sus pensamientos, probablemente leyendo noticias, alguna novela, viendo una película o puede que hasta trabajando.
Todas menos una chica, que iba un poco más adelante que yo y que al mirarla me sonrió con complicidad. Señaló sus gafas que llevaba colgadas y cerradas y me guiñó un ojo. No pude evitar acercarme para asegurarme:
– ¿Eres Rehumanista? — Le pregunté.
– ¿Lo qué? – Exclamó entre alarmada y sorprendida.
– Rehumanista. Una asociación que promueve una vida menos dependiente de las máquinas. Lo digo porque no llevas las gafas de realidad aumentadas puestas.
– Tú tampoco – respondió –, pero no conozco a estos Rehumanistas. Simplemente, estoy cansada de atiborrarme de datos de toda persona u objeto en el que fijo la mirada.
– Tengo café hecho por mí, ¿quieres probarlo? – La invité
– ¿Café hecho por tí? ¿Dónde has aprendido?
Aceptó la invitación y probo el café. Dijo que le gustó, lo que me hizo sentirme como un superhombre. Estuvimos un rato charlando al bajar del Metro y quedamos en vernos otro día. Se llamaba Diana y no le molestó que le preguntase a qué se dedicaba (era programadora de armarios, es decir, escribía los algoritmos de selección de ropa) y tampoco le molestó preguntármelo a mí y enterarse de que era periodista. Lo cierto es que acabamos viéndonos muchos días y nos hicimos muy amigos.
En cuanto al reportaje, tenía material a espuertas y me sentía tremendamente despejado, algo que podía ser debido al litro de café, hecho por mí, que me metí entre pecho y espalda aquella noche. Las palabras salían de mi cerebro con una fluidez y una claridad inusitadas. Pensaba en los libros de papel, en las galletas un poquitín tostadas, en Diana y en lo mucho que le había gustado mi café, así como en todo lo que me había dicho Landsky y en sensaciones que tenía olvidadas de cuando era niño y todavía hacía un montón de cosas por mí mismo.
Envié el reportaje a Amanda, que me respondió a las pocas horas con su florida y delicada prosa habitual:
"Estos tipos están como putas cabras. El reportaje, cojonudo. Qué pena que haya que darte dos hostias para que trabajes como sabes."
También le remití una copia a Landsky, que me había dicho que sí consultaba el correo electrónico y usaba los servicios de información habitualmente, con la diferencia de que lo hacía cuando tenía sentido hacerlo. Me contestó a través de una llamada de agradecimiento por recoger tan bien sus ideas y me invitó dirigir una pequeña conferencia a la asociación sobre el reportaje. Acepté sin pensarlo.
Al día siguiente me levanté y escogí mi propia ropa (una camisa y un pantalón veraniegos, más o menos lo mismo que había llevado el día anterior), pidiendo perdón mentalmente a Diana por no hacer caso a su programa y salí dispuesto a conseguir una cafetera manual y los ingredientes para volver a hacer mi café.
No había mirado por la ventana, ni consultado en el ordin el tiempo que hacía y me cayó encima un chaparrón que me dejó empapado de la cabeza a los pies.
No me importó. Me sentía más vivo que nunca.
Just great!
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