domingo, 6 de noviembre de 2011

Desórdenes oníricos


– No recuerdo la última vez que dormí bien, que pueda decir que me levanté descansado y fresco.

Eso fue lo que le dije al médico y más me hubiese valido estar callado.

Era verdad. Hacía años que tenía problemas de sueño y no conseguía descansar correctamente. Me costaba casi una hora conseguir que mi cerebro se activase lo necesario como para ir a trabajar y me dolía todo el cuerpo. Me pasaba las horas del día deseando meterme en la cama a dormir. Incluso estuve tentado varias veces de cerrar la puerta del despacho con llave y echar una buena siesta en horas de trabajo.

La idea de dormir bien era un recuerdo vago y lejano. Y, si bien durante un tiempo conseguía llevarlo más o menos dignamente, en los últimos meses era un sufrimiento. A partir del mediodía podía caer dormido en casi cualquier sitio con las condiciones apropiadas. No, no era apnea del sueño. Sencillamente, si estaba en un sitio cómodo y sin ruidos me invadía un sopor dulce y caía en brazos de Morfeo.

En fin. Como iba diciendo, más me hubiese valido estar callado y seguir sufriendo en silencio mi problema de sueño. Mis palabras produjeron un extraño efecto en mi médico, que con un brillo de excitación en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja me aseguró que encontraría un tratamiento eficaz para mi trastorno. Así que me citó para un par de días más adelante, a fin de iniciar el análisis y tratamiento del mismo.

La noche anterior no pude dormir pensando en la cita. No soy muy amigo de médicos. Es un temor irracional, ya lo sé, pero me ponen nervioso cuando su intervención va más allá de examinarme de manera rutinaria por un catarro o algo así. Cualquier cosa que pueda alterar mis hábitos de vida o dar más información de la que me siento cómodo compartiendo me genera ansiedad y sospechaba que el tratamiento de mi trastorno del sueño iba a ser de ese tipo. Tendría que desnudar mi alma y aceptar cambiar mis rutinas y gustos laboriosamente construídos a lo largo de mi existencia.

Así que cuando fui al especialista no debía llevar muy buena cara. Me presenté allí con un poco de adelanto y su auxiliar me hizo pasar a una pequeña sala de espera. Muy cómoda. Me senté y cogí una revista, cuyo título no recuerdo, pero que debía ser el típico dominical de un periódico. Al rato me avisaron para pasar a la consulta.

Mi mal aspecto cosa que pareció animar al galeno que, al enterarse de mis miedos nocturnos, no pudo reprimir un "¡Excelente, excelente!" que me dejó un poco perplejo. Yo esperaba que frunciese el ceño con preocupación.

– Obviamente, tendremos que hacer una prueba de sueño. Me espetó, como quien no quiere la cosa.

– ¿Una prueba de sueño?

– Sí, sí. Monitorizaremos sus constantes durante el sueño. Eso nos permitirá identificar o descartar problemas específicos.

Una prueba de sueño. Eso significaba tener que intentar dormir en una cama de hospital, con cables saliendo de mi cuerpo, recogiendo mis ritmos respiratorio, cardíaco y cerebral. Con lo que yo extraño las camas, que cuando cambio las sábanas ya me cuesta dormir...

– Pero antes de eso, –continuó entusiasmado– tendremos que analizar sus hábitos actuales. Horario de sueño, dieta, costumbres antes de dormir. Quiero que anote toda una serie de datos durante la próxima semana. Y ahora, voy a hacerle unas preguntas para conocerle mejor.

Estuve unos tres cuartos de hora contándole mi vida: mis horas de ir a dormir y de levantarme, mi dificultad para despejarme por las mañanas y para no dormirme durante las tardes, mis intentos con diversos remedios naturales, cambios de mobiliario y hábitos. Todos infructuosos.

– Y, ¿sueña usted?

– ¿Cómo?

– Digo que si sueña, que si tiene sueños cuando duerme.

– Pues...

– ¿Y bien?

– Creo que sí... pero ahora que lo dice...

De repente, me quedé parado y perplejo. No recordaba haber soñado mucho en los últimos tiempos. O quizá sí. Recordaba con cierta claridad algunos sueños, pero no sabría decir si eran recientes o no. Pero sí que tenían algo en común.

Mis sueños eran estresantes y agotadores.

No me había preocupado de mis sueños hasta que me hizo la pregunta. Estaba tan agobiado por mi problema para dormir y descansar que ya no prestaba atención a lo que soñaba. Por eso me pilló tan desprevenido.

– Vaya, –me dijo– interesante...

– ¿Es grave, doctor? – Siempre quise hacerle esta pregunta a un médico y pensé que esta era mi oportunidad.

– Bueno, verá. No es un tema muy estudiado, pero desde siempre se ha sabido que las personas pueden tener sueños muy vívidos. Tanto es así que, en lo que respecta al cerebro, los sueños son, en cierto modo, indistinguibles de la realidad.

– ¿Cómo?

– Déjeme explicarle. Por ejemplo, los ojos exploran las escenas soñadas del mismo modo que cuando estamos despiertos. Los centros cerebrales que se activan durante el sueño son los mismos que se activan en la vigilia. ¿Me comprende? Podríamos decir que para el cerebro la información es similar.

– ¿Y eso qué tiene que ver con mi problema?

– Bueno, si usted sueña cosas agotadores y estresantes podemos hacer dos lecturas. Por un lado, quizá su vida actual sea agotadora y estresante y esta información acaba formando parte de los sueños. Por otro, si sus sueños son agotadores y estresantes, usted no descansará bien y, de hecho, su vida será aún más agotadora y estresante. Es un circulo vicioso, ¿me comprende?

– Creo que me estoy mareando...

¿Me estaba diciendo que mi vida era un desastre? Es posible. El caso es que me pidió llevar un "diario de sueños", además de mi "diario de sueño". Esperaba que no me confundiese a la hora de tomar los datos. Aparte de mis horarios, tenía que escribir si soñaba o no y cuál era el contenido del sueño si es que me acordaba. Si no me acordaba tenía que poner eso mismo: que no recordaba lo soñado, pero era importante indicar si recordaba haber soñado o no. Un lío.

Finalmente, terminó la consulta, pedí una nueva cita para la semana siguiente y me marché a casa.

Llegó la hora de irse a dormir, y allá que me fui pertrechado con mi pijama, mi libreta para anotar mis datos, mi libro para leer un rato y un vaso de agua. Creo que no me olvidaba nada. Anoté cuidadosamente la hora, minuto y segundo (las 23:04:18), me metí en la cama, abrí el libro y me puse a leer.

Aquella era una de las noches en que estaba muerto de sueño, pues no había dormido la noche anterior, pero mi cuerpo se negaba a dormir. Apenas podía mantener los ojos abiertos, tratando de leer, pero no sentía sueño, sino una especie de excitación nerviosa que no tenía nada que ver con las ganas de dormir. Finalmente, decidí que tenía que acabar con aquello. Anoté la hora (02:03:46) y apagué la luz.

Comencé a dar vueltas en la cama. Me molestaba una arruga de la sábana bajera, así que después de intentar reducirla con los pies, tuve que levantarme a arreglarla como es debido: haciendo de nuevo la cama.

Volví a apagar la luz, Ahora notaba la almohada demasiado caliente, así que le di la vuelta.

Ahora lo que notaba calientes eran mis piernas. Buf. Retiré las mantas.

Ahora tenía frío. Volví a poner las mantas, pero esta vez con una pierna fuera, a ver si así regulaba mejor la temperatura.

Más vueltas. Beber un poco. Ir al baño. Volver a la cama.

Sonó el despertador, a las 7:00 como siempre. Me dolía la cabeza y tenía los ojos pegados. Intenté anotar la hora de despertarme, pero lo dejé por imposible. Fui al baño. No recordaba haber soñada nada de nada.

Mi día transcurrió entre bostezos. Tenía que elaborar varios informes en el trabajo, pero no conseguía enlazar más de dos frases con algo de sentido. Mis ojos apenas enfocaban, me molestaba la luz que emitía la pantalla del ordenador, incluso el reflejo de la luz en el papel en blanco era demasiado intenso. Intenté despejarme con un café, pero con poco éxito. A eso de la una de la tarde, empecé a sentirme un poco más despierto.

O eso me pareció.

Salí a comer con mi compañera Rosa, con la que me llevaba bastante bien. Ella debía creer que había una parte de mi ser aprovechable, aunque escondida, por lo que solíamos tomar el café o comer juntos para charlar con cierta frecuencia. Yo me encontraba como aturdido y no era capaz de seguir muy bien el hilo de la historia que me estaba contando mientras atacábamos el segundo plato.

– ... Así que tuve que salir con la que estaba cayendo... Oye... ¿Me estás escuchando?

– ¿Cómo? Perdona, creo que estoy un poco mareado. Algo me pasa.

– ¿Sigues con tus problemas de sueño?

– Sí, algo de eso hay...

Me interrumpí y me quedé mirando mi plato. Mi filete se estaba comiendo la ensalada.

O quizá no. Nó sé. Durante unos momentos había visto un trozo de carne muerta y cocinada moverse y comerse la lechuga de la ensalada, mientras Rosa me recomendaba nuevas ideas para tratar mi problema de sueño. Aún no le había contando lo de mi visita al médico. Pero ya no me sentía con ganas de hablar.

– ¿Te encuentras mal? ¡Estás verde!

– Creo..., creo... que me estoy poniendo enfermo, –contesté como pude.

– ¿Sabes? Me parece que te voy a llevar a casa, o mejor a urgencias.

– No, no, a casa está bien. Por favor.

Así que nos levantamos de la mesa, pagó y ayudó a salir de la cafetería. El dueño debió mirarnos con esa expresión de desagrado que significa "cómo me puedes hacer esto de ponerte enfermo después de comer mi comida", yo veía entre doble y desenfocado y, cuando llegábamos a la puerta, me pareció ver por el rabillo del ojo a un capitán de la Guardia Suiza del Vaticano echando monedas en la tragaperras. Sin embargo, lo que me extrañó fue ver una playa al otro lado de la calle, tratándose de una ciudad de interior. Parecía claro que algo de la comida me había sentado mal y estaba teniendo alucinaciones, pero Rosa había tomado lo mismo que yo y todo le parecía de lo más normal porque no hizo ningún comentario mientras nos dirigíamos a buscar su coche.

Rosa tenía un Mini Cooper, pero yo no recordaba que fuese tan antiguo. No dije nada, estaba demasiado atontado como para hacerlo, y ella no demostraba ninguna conducta especial, así que pensé que tal vez sólo estaba sucio. Cuando subimos me dijo:

– ¡A pedalear!

Esto sí que era nuevo. Intenté protestar, pero me lo impidió:

– Sé que te encuentras mal, pero yo sola no soy capaz de moverlo con pasajeros. Haz un esfuerzo, que llegamos en cinco minutos.

Había una pedalera en el espacio para las piernas del habitáculo, así que coloqué los pies y empecé a accionarla con esfuerzo, mientras maniobrábamos para salir del aparcamiento e incorporarnos al tráfico. Todo parecía transcurrir a cámara lenta, pues los coches no se movían especialmente rápido. ¿Sería que todos iban a pedales? O tal vez a remos, porque aquello no era una calzada, sino un canal de agua, poco profunda. Algo así como Venecia, pero sin góndolas, ni máscaras de carnaval, ni la plaza de San Marcos.

Creo que estaba sudando a mares cuando llegamos. No sé bien cómo, pero Rosa consiguió sacarme del coche y hacerme subir hasta mi piso. Me dejó tumbado en la cama y salió de la habitación. Creo que no se fue de la casa y me parecía escucharla en el salón, bailando o algo así. No recuerdo más, supongo que me dormí. O no. Quería anotar en el cuaderno la hora, pero no encontraba ni el cuaderno, ni el despertador, ni la lámpara, ni nada. De hecho, aquella no era mi cama, ni siquiera podía estar seguro de que aquella fuese mi habitación. Se parecía, sí, pero no era lo mismo. Algo no cuadraba.

Me desperté. Algunos rayos de sol atravesaban los pequeños huecos de la persiana de la habitación, que no estaba del todo bajada. Me di la vuelta y me tropecé con el cuerpo cálido de Rosa. Salté de la cama con algo parecido a un ataque de pánico.

– ¿Qué haces aquí? ¿Qué hacemos los dos aquí?

– ¿Cómo que qué hago? Tú me lo pediste anoche.

– ¿Que yo te pedi... qué?

– Vamos, ¿me estás diciendo que no lo recuerdas? Pues a mí difícilmente se me va a olvidar... – me dijo con una sonrisa que me hizo enrojecer al entender las implicaciones.

No podía ser. Yo estaba tan confuso. Mi estado al llegar a casa era lamentable y había caído rendido en la cama. No recordaba haber hecho o dicho nada más. Pero no era sólo eso. Rosa y yo teníamos una relación que no tenía nada que ver con el romanticismo. Ella estaba casada y su marido era también un buen amigo. Estaba espantado. Si yo había hecho lo que parecía que había hecho sería un desastre para todos. Pero Rosa parecía encantada y me miraba divertida sentada en la cama, completamente desnuda. Mientras, yo pensaba a toda velocidad, tenía que discurrir algo para arreglar aquella situación y no complicarla más de lo que parecía haberse complicado ya.

– Por favor, ponte algo de ropa. – Le pedí. Me voy al baño a vestirme. Tenemos que aclarar esto.

Entonces me di cuenta de que aquella no era mi casa. Se parecía, pero no lo era. Abrí una puerta y no era el baño, era un pasillo que me recordaba vagamente al de mi propio piso. Busqué el baño. Recorrí el pasillo abriendo puertas, tras las que encontré estancias de lo más variopinto: la capilla de la Trinidad de Sevilla, un velatorio con su muerto y todo, el comedor del hotel Palace (o eso me dijeron), un callejón sin salida, la sala siste de los multicines de mi barrio y la cueva de Altamira, aunque no me quedó claro si era la original o una reproducción. Del baño, ni rastro. Así que volví a la habitación.

Pero la habitación estaba ahora cambiada. Encontré ropa en el armario, no era mía, y me vestí. No me extrañó no ver a Rosa, ni descubrir en su lugar a una chica completamente distinta, que no conocía de nada, y que estaba tan enfrascada leyendo una novela que ni se percató de mi presencia. Estaba vestida con un pijama de rayas masculino, de esos que acaban llevando las chicas en las comedias románticas. La saludé, pero ni levantó la vista. Me fui de allí.

Al salir de la habitación me encontré con otro pasillo completamente distinto al anterior. Juraría que había salido por la misma puerta que antes, pero ya nada me sorprendía. En realidad, me lo estaba tomando todo con mucha naturalidad. Demasiada. Me detuve en seco.

– ¡Tiene que ser un sueño!

Eso lo explicaba todo. Tenia que ser un sueño lo que estaba viviendo. Tantas cosas extrañas y aceptarlas con tanta tranquilidad era algo que sólo podría ocurrir en sueños. Sólo tenía que despertarme y pasaría todo, las cosas volverían a su cauce, las calles dejarían de ser canales, mi amiga Rosa seguiría siendo mi amiga y yo despertaría en mi cama, tranquilamente, aunque cansado como siempre.

Pero, ¿cómo despertarme? ¿Era cuestión de esperar a que pasase el tiempo o podría hacer yo algo? ¿Y de qué sueño me despertaría? Recordaba al menos dos noches que podrían estar dentro del sueño y tenía la sensación de que ambas veces me había dormido de verdad. ¿Puede uno estar soñando y dormirse dentro del sueño? Y si es así, ¿en dónde me encontraba yo? ¿En un sueño dentro de otro sueño? ¿O en un sueño dentro de un sueño dentro de otro sueño?

Me estaba empezando a angustiar. Había comenzado a caminar sin darme cuenta y tropecé en algo que estaba en el suelo. Me hice daño, sentí el dolor.

Ahora sí que me estaba asustando de verdad. Se supone que en los sueños uno no siente esas cosas, se supone que uno se pellizca para saber si está despierto o dormido, y si se siente algo es señal de que se está despierto. Yo no podía estar despierto, tenía que estar en un sueño, pero sentía dolor en el pie. Entonces volvió a aparecer Rosa.

– ¿Dónde te habías metido? Llevo horas buscándote. No quiero que me dejes sola.

Me volví sin pensar y me eché a correr. Ella me gritaba que esperase, pero no la escuchaba. Oía su voz cada vez más lejana y seguía corriendo.

Llegué a una escalera de caracol enorme y empecé a bajar por ella todo lo rápido que podía. En mi edificio no había escaleras de caracol, pero me daba igual. Todo lo que quería era alejarme de allí a toda velocidad.

Mientras bajaba atravesaba descansillos de pisos. No recuerdo cuántos. En algunos me parecía distinguir personas y objetos. Algunos me resultaban familiares, creo que identifiqué a un viejo amigo que hacía meses que no veía. En más de una ocasión me llamaron por mi nombre, y también por mi apellido. Veía borroso. Juraría haber visto a Rosa en dos pisos diferentes, con ropa distinta cada vez. Y un cuadro de Miró, eso lo tengo grabado: era "Mujer, pájaro y estrella".

Seguía bajando y bajando por la escalera de caracol, las paredes giraban en sentido contrario y ya no conseguía distinguir nada que estuviese más lejos que el alcance de mi brazo. Escuchaba mi nombre cada vez con más claridad. El camino parecía estrecharse, pues me golpeaba los hombros contra los muros.

De repente, todo se detuvo y la luz cambió.

Estaba en la sala de espera de la consulta del médico. Un cuadro de Miró colgaba en la pared de enfrente. En mis manos aún tenía la revista que estaba leyendo, en la portada había una foto de una chica en pijama masculino que leía una novela. Estaba abierta por una página en la que se hablaba de la escalera de caracol de un famoso monasterio. El auxiliar apoyaba una mano sobre mi hombro y me decía con una expresión divertida en la cara:

– Señor... perdone. Se había dormido. El doctor le atenderá ahora.