sábado, 13 de octubre de 2012
El fin de la tierra
Me gusta mirar la Isla Pancha desde el último recodo del camino, apenas unos metros antes de llegar al puente.
Cómo me gustaba de niño recorrer el camino del faro en bicicleta, aquella sensación de salir de un mundo para entrar en otro. Ir dejando atrás el pueblo, la gente, las preocupaciones, los pensamientos, y encontrarte con el mar.
Llegar a la boca de la ría y no escuchar más que las olas batiendo contra las rocas, indiferentes a todo lo que pudiera ocurrir en la tierra, ignorantes de ti, esculpiendo el acantilado, formando esa espuma blanca sobre el agua verde.
Estar solo. No percibir nada más que el sonido del viento y del mar, dejar atrás todo y mirar a los dos faros solitarios, siempre juntos y siempre separados, como los conocí y como los recordaré siempre.
Me sentía como si hubiese viajado miles de kilómetros, al mismísimo fin de la tierra y los caminos. Ver el horizonte limpio y lejano. Observar el mar abierto, bravo, poderoso. Sentir que todo se vuelve pequeño ante su fuerza y su inmensidad. Sentir que tu mente se disuelve y se funde con el viento y el sonido de las olas, dejarte acariciar por la brisa y desaparecer.
La Isla Pancha me recuerda a un barco, preparado para zarpar y con su pasarela extendida. Esperándome siempre. Esperándome para ese viaje que algún día haré.
lunes, 8 de octubre de 2012
El muro (2)
Todo muro es tan fuerte como su punto más débil.
Puedes levantarlo todo lo alto y grueso que quieras.
Pero si hay una grieta, es posible traspasarlo o derribarlo.
Y si eso ocurre...
El muro ya no protege
El muro ya no separa
El muro ya no aísla
Puede se doloroso, pero no siempre tiene que ser malo.
Y levantar un muro no siempre es buena idea.
Puedes levantarlo todo lo alto y grueso que quieras.
Pero si hay una grieta, es posible traspasarlo o derribarlo.
Y si eso ocurre...
El muro ya no protege
El muro ya no separa
El muro ya no aísla
Puede se doloroso, pero no siempre tiene que ser malo.
Y levantar un muro no siempre es buena idea.
miércoles, 27 de junio de 2012
Las lágrimas de Michelle
(escrito circa 1994)
Y entonces se produjo el milagro.
-¡Es maravillosa!, me dijo, gracias por un regalo tan bonito.
Y me besó. En la mejilla, claro.
Pero fue un milagro. Yo le regalé una canción sin muchas esperanzas. Siempre pensé que, siendo yo tan raro como le parezco a la mayoría de la gente, mis gustos jamás conicidirían con los de nadie. A veces me satisfacía la idea de ser tan exclusivo y especial… y otras veces me ponía al borde del suicidio. Pero a los dieciséis años todo son tormentas y el viento te arrastra de una lado a otro sin que sepas donde te lleva.
Todos los días me decía a mí mismo que Michelle era especial e inalcanzable. No sé por qué me invitó a su fiesta. Para mí era una diosa rubia y escultural cuyos profundos ojos jamás se posarían en mí, ni siquiera como compañero de clase. Pero la adolescencia es un lugar de la vida tan sin sentido que un desatino más, una excentricidad más, una sorpresa más es casi rutinaria.
Michelle era rubia hasta la saciedad. Cuando la rozaba un rayo de sol parecía de oro y su piel blanca deslumbraba. Sus ojos eran tan profundos que me impedían mirarlos sin sentir que me sumergía dentro de su transparencia verdeazulada.
Después de la fiesta me atreví a hablar más veces con Michelle y, de vez en cuando, le regalaba pequeños detalles: una fotografía especialmente bonita, una piedra, un dibujo, una poesía, una flor…
Como si fuese lo más normal del mundo.
Michelle nunca me dijo lo que pensaba de todo esto. Bueno, realmente podía ver que le gustaban los regalos. Lo malo es que yo no le gustaba. Quiero decir que éramos amigos pero quienes la atraían eran chicos mayores. A veces paseábamos por el parque y me contaba que le gustaría salir con ese chico de último curso, tan alto, o con cualquier otro. Yo le daba consejos vagos: “no sé, no me parece tu tipo, quizás no congenieis bien”. Ella me daba un beso (en la mejilla, claro), me sonreía y me decía, mirándome a los ojos: “Eres mi mejor amigo, te quiero”… pero no me amaba, al menos no en el sentido en que yo quería que me amase.
Quizá yo estaba demasiado empeñado en ser amado, no sé por qué. ¿Acaso el corazón del adolescente es tan sensible que necesite el amor tanto como la sangre lo necesita a él? ¡Qué estúpido es todo esto ahora que nada importa!
Michelle tenía un arte especial para no dejarme declarar mis más profundos sentimientos hacia ella… o era yo quien tenía un miedo enorme a estropear mi paraíso particular: estar con Michelle, pasear a solas bajo la luz de la tarde y ver juntos las puestas de sol, privilegio reservado solo a mí, ¿por qué?
Y sobre todo el beso. Ese beso de despedida (en la mejilla, claro) que yo esperaba inquieto todas las tardes. El corto contacto de sus labios suaves sobre la piel de mi rostro. Ese beso que yo seguía sintiendo en mi interior hasta el momento de dormir. El día más triste y gris dejaba de serlo cuando ella me besaba. Sólo ¬ yo recibía ese beso, sencillo, tierno, sincero…
A veces pensaba que cuando toda esa tormenta hubiese pasado Michelle y yo uniríamos nuestras vidas. Cuando dejásemos definitivamente de ser niños y pudiésemos ser nuestros propios dueños. Cuando nuestra personalidad estuviese firmemente asentada sobre nuestro Yo y dejase de caer y reconstruirse a cada golpe, a cada bandazo del barco de nuestro destino idiota de adolescentes. Entonces, en el mar en calma de la adultez, ¡cuánta ilusión y cuánta ceguera!, navegaríamos juntos hacia el sol para no volver a caer en la noche jamás.
Hace ya muchos años de todo esto y todavía sigo viendo de vez en cuando a Michelle. Aunque ambos hemos envejecido, sigue siendo la diosa que me concedía el don de un beso, ese beso que aún palpita en mi mejilla. Sus ojos no han cambiado y el sol sigue haciéndola de oro cada vez que nos vemos en las tardes de otoño, paseando por el mismo parque en que nos refugiábamos en el paraíso. Cuando me acuerdo de ella siento un nudo en el corazón, siento la excitación que me embargaba cuando me daba aquel beso (en la mejilla) que llenaba mis días y mis noches. Releo aquella canción que una vez le regalé, y las cartas que alguna vez nos escribíamos, las notas que nos pasábamos en clase y que guardé como un tesoro. Aquel mechón de su pelo que conservé en una cajita. Cuando pienso en ella, vuelvo a tener dieciséis años, vuelve el torbellino interior, los sentimientos afloran a mi piel. Vuelvo a tener la sensación agridulce de estar vivo, de que tengo tanto que vivir…
Ahora estoy enfermo y me han dicho que me queda poco tiempo de vida. Nunca pude amar a nadie como amé a Michelle. No sé si he hecho bien. No sé si he centrado mi vida en un recuerdo dorado que me ha mantenido emocionado durante todos estos años. No sé qué pasará cuando me vaya. No sé si el recuerdo de sus besos (en la mejilla, claro) me hará feliz en el último momento. Solo sé que cuando se lo dije, Michelle lloró…
sábado, 16 de junio de 2012
Catálogo de lluvias nº 5: llovizna blanda
Gotas finas, que se dejan llevar por una brisa suave y aromática de primavera, que caen como una suave gasa de agua transparente.
Gotas que se posan en tu cuerpo de manera imperceptible y realzan los colores de las plantas.
Lluvia que vuelve alegre un día gris.
Lluvia de serenidad, que disuelve tus pensamientos y los funde con el universo que te rodea.
Lluvia que te promete que algún día serás feliz.
Gotas que se posan en tu cuerpo de manera imperceptible y realzan los colores de las plantas.
Lluvia que vuelve alegre un día gris.
Lluvia de serenidad, que disuelve tus pensamientos y los funde con el universo que te rodea.
Lluvia que te promete que algún día serás feliz.
martes, 8 de mayo de 2012
El muro
Levanté un muro,
ladrillo a ladrillo.
Para proteger lo amado,
para guardar lo sentido.
Para separar el tiempo,
para dividir lo vivido.
Levanté un muro,
ladrillo a ladrillo,
Con cada golpe,
con cada error cometido.
Para guardar la calma,
para preservar el nido.
Levanté un muro,
ladrillo a ladrillo.
ladrillo a ladrillo.
Para proteger lo amado,
para guardar lo sentido.
Para separar el tiempo,
para dividir lo vivido.
Levanté un muro,
ladrillo a ladrillo,
Con cada golpe,
con cada error cometido.
Para guardar la calma,
para preservar el nido.
Levanté un muro,
ladrillo a ladrillo.
domingo, 6 de mayo de 2012
Perdido
Sentir el peso del cielo sobre tu cabeza.
calzado con zapatos viejos, arañados y gastados,
vestido con retales de temores.
Viajar con una maleta vacía de certezas,
en un tren que transita por vías muertas.
Dormir con un ojo abierto, dormir en vela.
Despertarse helado en medio del verano,
bajo un sol amarillo y blanco, demacrado.
Mirar al mar y no ver más que tormenta.
Mirar atrás y no ver más que niebla.
calzado con zapatos viejos, arañados y gastados,
vestido con retales de temores.
Viajar con una maleta vacía de certezas,
en un tren que transita por vías muertas.
Dormir con un ojo abierto, dormir en vela.
Despertarse helado en medio del verano,
bajo un sol amarillo y blanco, demacrado.
Mirar al mar y no ver más que tormenta.
Mirar atrás y no ver más que niebla.
jueves, 26 de abril de 2012
Catálogo de nubes. Nº 31. Chaparrón de gotas gordas.
Cuando el cielo está despejado a medias, con nubes altas, blancas y algodonosas, a veces ocurre que una nube gris y oscura decide verter su carga de agua en forma de gotas gruesas como pequeños guisantes, precisamente cuando ya no esperas que vaya a llover.
Gotas gordas, que caen tan separadas que es posible contarlas una a una y dejan el suelo moteado de manchas húmedas, como un estarcido gigantesco.
Gotas gordas, de las que eres plenamente consciente cuando salpican tu piel, una a una, con un agua fría y concentrada.
Gotas gordas, que levantan el polvo del suelo y hacen desprender al cemento un aroma extrañamente cálido que, no sabes por qué, te recuerda las largas tardes de cuando eras niño.
Gotas gordas, que dibujan una silueta sin forma y dejan de caer de repente, como habían empezado.
Gotas gordas, que te dejan empapado y atónito, como si la lluvia hubiese sido sólo para ti.
Gotas gordas, que caen tan separadas que es posible contarlas una a una y dejan el suelo moteado de manchas húmedas, como un estarcido gigantesco.
Gotas gordas, de las que eres plenamente consciente cuando salpican tu piel, una a una, con un agua fría y concentrada.
Gotas gordas, que levantan el polvo del suelo y hacen desprender al cemento un aroma extrañamente cálido que, no sabes por qué, te recuerda las largas tardes de cuando eras niño.
Gotas gordas, que dibujan una silueta sin forma y dejan de caer de repente, como habían empezado.
Gotas gordas, que te dejan empapado y atónito, como si la lluvia hubiese sido sólo para ti.
martes, 24 de abril de 2012
Catálogo de lluvias. Nº 15. Lluvia deprimente de domingo por la tarde
La lluvia deprimente de domingo por la tarde es una lluvia fina y tupida que parece no acabar nunca. La capa de nubes es uniforme y gris, como una niebla espesa que estuviese demasiado alta. El horizonte no se ve, difuminado por la espesa lluvia y una bruma triste.
Las calles están mojadas y vacías y el sol es un recuerdo lejano, como de un tiempo que ya no ha de volver. Cuando miras por la ventana sientes el corazón oprimido, sabiendo que estás perdiendo algo que nunca vas a recuperar. Todo parece vacío y banal. No consigues concentrarte en nada más que en el deseo de dormir y de que, al despertar, haya dejado de llover.
La lluvia deprimente de domingo por la tarde tiene un sabor amargo, y un color turbio. Se lleva consigo la alegría y la esperanza. En lugar de limpiar el aire lo inunda de una tristeza lenta, que se esmera en afear las fachadas de las casas, de embarrar los jardines y de empapar el alma desnuda y desamparada.
Las calles están mojadas y vacías y el sol es un recuerdo lejano, como de un tiempo que ya no ha de volver. Cuando miras por la ventana sientes el corazón oprimido, sabiendo que estás perdiendo algo que nunca vas a recuperar. Todo parece vacío y banal. No consigues concentrarte en nada más que en el deseo de dormir y de que, al despertar, haya dejado de llover.
La lluvia deprimente de domingo por la tarde tiene un sabor amargo, y un color turbio. Se lleva consigo la alegría y la esperanza. En lugar de limpiar el aire lo inunda de una tristeza lenta, que se esmera en afear las fachadas de las casas, de embarrar los jardines y de empapar el alma desnuda y desamparada.
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