No tengo ninguna habilidad con las mujeres. Soy un completo inepto en este campo. Casi todos mis conocidos han tenido 3 ó 4 parejas o incluso más, a veces al mismo tiempo. Yo, las únicas parejas que conseguía ligar eran de doses o treses en las timbas de póker que montaban mis colegas expresamente para desplumarme.
De adolescente, mientras los demás chicos se enrollaban y cortaban varias veces al día con una diversidad de mujercitas yo tenía que conformarme con las confidencias de las chicas más guapas del instituto, que me consideraban una especie de confesor y que me decían aquello de "te quiero muchísimo, pero no te amo", en lugar de su número de teléfono. Ahora que lo pienso, ni siquiera mi madre me ha dado nunca su número de teléfono, tuve que copiarlo clandestinamente y cuando la llamo ni siquiera me coge.
Las chicas decían que yo sabía escuchar, pero la verdad es que me quedaba tan pasmado ante ellas que no podía articular palabra mientras las miraba a los ojos completamente hipnotizado. En realidad, yo no abría la boca, me contaban lo mal que lo habían pasado en su última relación o lo egoísta que era Menganito, a la par que "mono". Cuando conseguía rehacerme un poco, hacía horas que la chica se había marchado, el instituto estaba cerrado y yo aún tenía que llegar a casa para cenar. Jamás intenté sacarlas de su error.
En la universidad la cosa no mejoró mucho, y eso que estudié una carrera con mayoría femenina del alumnado. La elegí cuidadosamente por ese motivo.
Así pasé sin pena ni gloria los años de licenciatura. La ventaja de no salir con chicas era que me sobraba tiempo para todo, así que saqué excelentes notas y finalmente decidí hacer el doctorado. Pensaba que un título me conferiría algún atractivo extra y una ventaja competitiva frente a los cretinos que no rascaban bola y que se emborrachaban cada fin de semana. Lo cierto es que descubrí que los cretinos mojaban a base de bien y que mi doctorado era inútil. De hecho, ni siquiera recuerdo exactamente en qué estoy doctorado.
Dejé la universidad y comencé a trabajar. Con el tiempo, gracias a mi frugal estilo de vida, y a la inutilidad de tratar de conquistar a las damas con delicados y sofisticados regalos, comencé a ahorrar un capitalcito que me permitía vivir con extrema comodidad.
Pero mi eterna inquietud seguía ahí y decidí ponerme en manos de un profesional. De una profesional, para ser precisos, pero del ramo de la psiquiatría. En realidad, mi incapacidad alcanzó por aquella época cotas tan exageradas que ni las profesionales del sexo me aceptaban. Incluso alguna llegó a pagarme para que me buscara otro entretenimiento, como ir al cine.
Leyla, así se llamaba mi "loquera", como yo la llamaba internamente, me trató durante tres años, tras los cuales decidí que los resultados eran indistinguibles del cero y que debería dejar de asistir a su consulta.
Sin embargo, opté por continuar, fundamentalmente porque Leyla estaba como un tren y la hora bisemanal de consulta era lo más parecido a una cita que había tenido nunca. Incluso, alguna vez, teníamos la sesión fuera de su despacho, en alguna cafetería elegante, lo que me permitía contratar secretamente los servicios de un fotógrafo para que, discretamente, tomara instantáneas y poder presumir de ligues.
Que Leyla, siendo mujer, no me hubiese rechazado de plano como paciente se debe al juramento hipocrático y a su condición de feminista y lesbiana. Además, yo pagaba puntualmente una tarifa doble de la habitual.
El caso es que un día me sugirió que tal vez el origen de mi problema radicase en que yo no había contactado con mi lado femenino. Me explicó que hasta los hombres más machotes tienen un componente femenino de su personalidad y que un sano equilibrio mental requiere la alegre y serena aceptación de este aspecto. Su argumentación continuaba indicándome que alcanzar ese conocimiento me permitiría comprender mejor las necesidades de las féminas y así ofrecer una imagen de mí mismo más acorde con sus expectativas, a la par de una actitud más abierta y atractiva.
Para ello me sugirió acudir a alguna asociación o grupo de hombres sensibles y modernos que tal vez ofreciesen asesoramiento o cursos para introspeccionarse y encontrar ese componente perdido. Muy amablemente me proporcionó una lista de entidades y organizaciones a las que podría dirigirme con toda confianza.
La verdad es que no me lancé inmediatamente a la tarea. Me hizo pensar muchas cosas. Por ejemplo, en caso de encontrar mi lado femenino, ¿estaría éste dispuesto a darme su teléfono?. ¿Y si no le gusto, y huye de mí como hacen todas? ¿Y si mi lado femenino ya huyó hace años y no lo puedo encontrar jamás?
Le transmití mis dudas a Leyla y ella las desechó argumentando que mi lado femenino no sería tan desconsiderado y burdo como yo, sino que simplemente está esperando a que me dirija a él, perdón, ella, de la forma adecuada.
Animado por estas palabras, decidí echar un vistazo a la lista. Empecé por saltarme algunos de los grupos menos atractivos, como AMACH (Asociación de Mujeres Atrapadas en el Cuerpo de un Hombre). Me daba cierto repelús imaginar que dentro de mí había una mujer intentando escapar a toda costa, como una especie de alien.
Pasé por alto también grupos como "Reinonas Power", "Drag Queens sin Fronteras" o "Estibadores y Poetas", entre otros muchos de nombre siniestro que no me atrevo a repetir aquí. Sin embargo, la "Asociación por una Masculinidad del siglo XXI" me pareció que ofrecía garantías de calidad, profesionalidad y modernidad, como para atreverme a probar suerte.
Llamé por teléfono y tras varios intentos conseguí contactar con un chico muy amable que me explicó que casualmente iban a iniciar próximamente un seminario titulado "Descubriendo nuestro lado femenino" para el que, afortunadamente, todavía quedaban plazas libres. Como guinda, el seminario era gratuito gracias a diversas subvenciones recibidas de las administraciones local, autonómica, estatal y europa, lo que había permitido no sólo financiar el curso, sino instalar la sede de la asociación en un lujoso palacete, que ofrecía un hermosísimo y acogedor entorno para desarrollar la actividad.
El primer día de seminario me acerqué nervioso a la sede del curso y en lugar de salir corriendo a todo gas, que era lo que el cuerpo me pedía, me tuve que refugiar en el interior del palacete porque de repente estalló una violenta tormenta de pedrisco. El caso es que una vez dentro, uno de los organizadores me invitó a pasar a la sala donde estaba a punto de comenzar la primera sesión.
El grupo lo formábamos algo más de una quincena de tipos, además de dos monitores que comenzaron a explicarnos los objetivos y contenidos del seminario. Acto seguido, se iniciaron las presentaciones. Yo declaré, llegado mi turno, que me había propuesto contactar con mi parte femenina como forma de mejorar mis relaciones con las mujeres, a las que abrumo con mi atractivo y magnetismo personal, y deseaba evitar el resultar intimidante para ellas. Reconozco que no me atuve estrictamente a la verdad.
Entre los otros desgraciados que acudimos al seminario destacaba un individuo enorme, con mirada torva, unos brazos como martillos pilones y con más tatuajes de los que fui capaz de contar. Cuando le tocó el turno, el fulano declaró, más o menos literalmente, que el gilipollas del psicólogo de la prisión le había puesto como tarea asistir al seminario para poder adelantar su acceso al tercer grado penitenciario y así poder salir a follar con los pibones de su barrio, que él estaba harto de culos y que tenía ganas de magrear unas cuantas docenas de tetas hasta sacarles brillo.
Otro tipo comentó que se había apuntado al curso porque había leído que daba puntos para no sé qué oposición, que a él su lado femenino le traía sin cuidado y que si le podían dar ya un certificado por las horas, que quería pirarse.
Unos chicos jóvenes, que resultaron ser pareja, dijeron que deseaban explorar sus lados femeninos, pero cada uno el del otro, como forma de profundizar en su relación.
También había un fulano rarísimo, pálido, enjuto y nervioso, que dijo que odiaba a las mujeres desde que su primera novia del parvulario lo dejó y que quería encontrar su lado femenino para poder echarlo a patadas y que se jodiera, porque seguro que era un zorrón como todas.
La verdad es que hay gente para todo.
En fin, uno a uno fuimos desgranando las miserias que nos habían arrastrado hasta allí, de modo que tras la ronda de presentaciones el tiempo de la sesión no daba para más. Los monitores nos despidieron hasta el día siguiente con una sonrisa forzada en los labios y una mirada de agotamiento en los ojos.
La sesión siguiente, de un total de tres, me sirvió para enterarme de que la parte femenina de mi personalidad no es que no quiera darme su teléfono, es que no tiene. Eso empezó a tranquilizarme un poco y pensé que habría posibilidades. Al final de la sesión, nos propusieron algunas actividades para practicar, que venían en un folleto primorosamente ilustrado y magníficamente impreso.
La mayoría de esas actividades tenían el objetivo de estimular nuestra sensibilidad. De este modo, se nos pedía ir al parque a contemplar a los niños (me echaron de tres a patadas acusándome de pederasta, en el último casi se persona la Guardia Civil), admirar las flores del campo (después del pedrisco del día anterior no quedaba ni una), leer poesía o escuchar música. Eso en el nivel básico.
En el nivel intermedio, se nos pedía realizar actividades que el estereotipo tradicional asignaba a la mujer, a fin de comprender su sentimiento de desigualdad: limpiar, fregar, cocinar, planchar y un largo etcétera. Así que cogí el mocho, la tabla de planchar y las cacerolas y me pasé la tarde preguntándome qué podría hacer con toda aquella herramienta. Cuando llegó la hora de cenar, pedí comida pakistaní al restaurante de la esquina. Tardaron una hora en traerla y al final resultó que el restaurante ya había cambiado y ahora era un centro macrobiótico, así que comí no sé qué cereales mientras escuchaba música New Age que venía en un CD que regalaban.
El nivel avanzado de ejercicios aún no los habían dado, así que decidí asistir a la tercera y última sesión del cursillo. En esta ocasión en el centro de la sala había una mesa con diversas prendas de vestir femeninas y los monitores nos indicaron que las observásemos con atención y cogiésemos aquella hacia la que nos impulsase nuestra intuición.
El tipo de los tatuajes se fue derecho a por un minivestido monísimo para fiesta que, puesto en el cuerpo adecuado, debería provocar todo tipo de sensaciones, y los demás, poco a poco, fuimos encontrando la prenda que, siempre según los monitores, nuestro lado femenino deseaba. Por lo visto, se trataba de una forma de provocar una primera manifestación visible. Yo me decidí finalmente por un modelito bastante atractivo que a Leyla le hubiese quedado que ni pintando.
Todos nos volvimos a sentar deseando internamente y con gran intensidad que la segunda parte de la prueba no fuese vestirse con aquellas ropas. Afortunadamente no fue así, aunque podíamos llevarnos las prendas a casa y los monitores nos hicieron ver que, tal vez, mirándonos al espejo con ellas puestas nos resultase más fácil identificar a nuestro yo femenino.
Durante el resto de la sesión practicamos nuevos ejercicios y cuando llegó la hora salimos a escape con nuestros diplomas bajo el brazo con el deseo de encontrar nuestra feminidad oculta a la mayor brevedad posible. El folleto de nivel avanzado proponía diversas lecturas y visionado de películas de destacadas autoras, así como realizar una convivencia de una semana con un grupo de mujeres.
Esta alternativa me pareció interesante y al día siguiente comencé a tantear diversas posibilidades. El único grupo de mujeres en el que me admitieron era uno que organizaba una "acampada de mujeres en busca de su femineidad" (sic) y si conseguí que me llevaran fue porque me comprometí a pagar el viaje, estancia y manutención, de todas las matriculadas, además de un dinero para sus otros gastos. Como ya dije, disfruto de una posición acomodada y para una vez que me dicen que sí, no iba a desaprovechar la ocasión.
La convivencia con las chicas fue una grata experiencia. Ellas se levantaban, desayunaban e iban a sus sesiones. Yo tenía que limpiar, hacer las comidas, las camas, fregar los baños, retirar los tampax atascados en el WC y otras tareas, pero por las tardes me dejaban participar en alguna de sus sesiones.
Precisamente en una de las que asistí se dedicaron a explorar sus vaginas y me ofrecieron enseñarme sus misterios. Así puede conocer el clítoris y sus reacciones al contacto de los dedos. Me propusieron diversas técnicas para manipularlo e insistieron en que ejercitara los recién adquiridos conocimientos en todas ellas. De resultas de este entrenamiento, sus expresiones a la salida de la sesión eran más plácidas, sus mejillas más coloradas y su mirada más vidriosa. Por mi parte, varios de mis dedos eran presa de todo tipo de calambres, agujetas y llegué a desarrollar una cierta musculatura en ellos.
El final de la convivencia llegó y la directora de la misma me aseguró que con aquel dedo podría hacer maravillas, a lo que le contesté que agradecía su entusiasmo, pero que no tenía claro cómo podría conseguir la intimidad suficiente con una chica como para demostrarles mis habilidades digitales. Ella me miró muy seria y me dijo: "Persevera, hijo, persevera". El grupo subió al autobús y no volví a verlas más.
Lo malo es que a pesar de mi interés no logro contactar con mi lado femenino y la verdad es que se me están acabando los recursos y las ganas de buscarlos. He vuelto a hablar con la psiquiatra y me ha dicho que tal vez esté más escondido de lo que pensamos porque me conoce internamente mejor que nadie y que, aunque en el exterior nadie ha tenido la mala fortuna de hacerse una positiva, y por ende falsa, imagen de mi persona, lo cierto es que la intuición de mi lado femenino y el íntimo conocimiento que tiene de mí pueden haberlo hecho muy reticente a la posibilidad de ser localizado.
In-pecable
ResponderEliminarsi el párrafo 35 terminó resbaladizo, fue un éxito.
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