miércoles, 27 de junio de 2012
Las lágrimas de Michelle
(escrito circa 1994)
Y entonces se produjo el milagro.
-¡Es maravillosa!, me dijo, gracias por un regalo tan bonito.
Y me besó. En la mejilla, claro.
Pero fue un milagro. Yo le regalé una canción sin muchas esperanzas. Siempre pensé que, siendo yo tan raro como le parezco a la mayoría de la gente, mis gustos jamás conicidirían con los de nadie. A veces me satisfacía la idea de ser tan exclusivo y especial… y otras veces me ponía al borde del suicidio. Pero a los dieciséis años todo son tormentas y el viento te arrastra de una lado a otro sin que sepas donde te lleva.
Todos los días me decía a mí mismo que Michelle era especial e inalcanzable. No sé por qué me invitó a su fiesta. Para mí era una diosa rubia y escultural cuyos profundos ojos jamás se posarían en mí, ni siquiera como compañero de clase. Pero la adolescencia es un lugar de la vida tan sin sentido que un desatino más, una excentricidad más, una sorpresa más es casi rutinaria.
Michelle era rubia hasta la saciedad. Cuando la rozaba un rayo de sol parecía de oro y su piel blanca deslumbraba. Sus ojos eran tan profundos que me impedían mirarlos sin sentir que me sumergía dentro de su transparencia verdeazulada.
Después de la fiesta me atreví a hablar más veces con Michelle y, de vez en cuando, le regalaba pequeños detalles: una fotografía especialmente bonita, una piedra, un dibujo, una poesía, una flor…
Como si fuese lo más normal del mundo.
Michelle nunca me dijo lo que pensaba de todo esto. Bueno, realmente podía ver que le gustaban los regalos. Lo malo es que yo no le gustaba. Quiero decir que éramos amigos pero quienes la atraían eran chicos mayores. A veces paseábamos por el parque y me contaba que le gustaría salir con ese chico de último curso, tan alto, o con cualquier otro. Yo le daba consejos vagos: “no sé, no me parece tu tipo, quizás no congenieis bien”. Ella me daba un beso (en la mejilla, claro), me sonreía y me decía, mirándome a los ojos: “Eres mi mejor amigo, te quiero”… pero no me amaba, al menos no en el sentido en que yo quería que me amase.
Quizá yo estaba demasiado empeñado en ser amado, no sé por qué. ¿Acaso el corazón del adolescente es tan sensible que necesite el amor tanto como la sangre lo necesita a él? ¡Qué estúpido es todo esto ahora que nada importa!
Michelle tenía un arte especial para no dejarme declarar mis más profundos sentimientos hacia ella… o era yo quien tenía un miedo enorme a estropear mi paraíso particular: estar con Michelle, pasear a solas bajo la luz de la tarde y ver juntos las puestas de sol, privilegio reservado solo a mí, ¿por qué?
Y sobre todo el beso. Ese beso de despedida (en la mejilla, claro) que yo esperaba inquieto todas las tardes. El corto contacto de sus labios suaves sobre la piel de mi rostro. Ese beso que yo seguía sintiendo en mi interior hasta el momento de dormir. El día más triste y gris dejaba de serlo cuando ella me besaba. Sólo ¬ yo recibía ese beso, sencillo, tierno, sincero…
A veces pensaba que cuando toda esa tormenta hubiese pasado Michelle y yo uniríamos nuestras vidas. Cuando dejásemos definitivamente de ser niños y pudiésemos ser nuestros propios dueños. Cuando nuestra personalidad estuviese firmemente asentada sobre nuestro Yo y dejase de caer y reconstruirse a cada golpe, a cada bandazo del barco de nuestro destino idiota de adolescentes. Entonces, en el mar en calma de la adultez, ¡cuánta ilusión y cuánta ceguera!, navegaríamos juntos hacia el sol para no volver a caer en la noche jamás.
Hace ya muchos años de todo esto y todavía sigo viendo de vez en cuando a Michelle. Aunque ambos hemos envejecido, sigue siendo la diosa que me concedía el don de un beso, ese beso que aún palpita en mi mejilla. Sus ojos no han cambiado y el sol sigue haciéndola de oro cada vez que nos vemos en las tardes de otoño, paseando por el mismo parque en que nos refugiábamos en el paraíso. Cuando me acuerdo de ella siento un nudo en el corazón, siento la excitación que me embargaba cuando me daba aquel beso (en la mejilla) que llenaba mis días y mis noches. Releo aquella canción que una vez le regalé, y las cartas que alguna vez nos escribíamos, las notas que nos pasábamos en clase y que guardé como un tesoro. Aquel mechón de su pelo que conservé en una cajita. Cuando pienso en ella, vuelvo a tener dieciséis años, vuelve el torbellino interior, los sentimientos afloran a mi piel. Vuelvo a tener la sensación agridulce de estar vivo, de que tengo tanto que vivir…
Ahora estoy enfermo y me han dicho que me queda poco tiempo de vida. Nunca pude amar a nadie como amé a Michelle. No sé si he hecho bien. No sé si he centrado mi vida en un recuerdo dorado que me ha mantenido emocionado durante todos estos años. No sé qué pasará cuando me vaya. No sé si el recuerdo de sus besos (en la mejilla, claro) me hará feliz en el último momento. Solo sé que cuando se lo dije, Michelle lloró…
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Gérard Lenorman
ResponderEliminarPues no conocía la canción, ni entonces, ni ahora.
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